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Dieciséis

  • Foto del escritor: Luza Ruiz
    Luza Ruiz
  • 5 feb
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 7 feb

A eso de las seis despertó de un sueño trastornado, sintiendo que tal vez pudiera ser el último. Con los ojos embotados de llanto, se olvidó de morir por un instante y volvió a fantasear con aquella ráfaga de efímeros sentimientos. Otra vez se durmió, y las hadas perversas lo arrastraron de nuevo al delirio. Exaltado, se sacudió, pero la visión trágica permaneció en su mente, obligándolo a perderse en un universo abstracto.


El día comenzó sin novedades. Sin darle demasiadas vueltas al asunto, salió a caminar con la firme intención de ver, por última vez, el mundo que lo había acompañado durante treinta y cuatro años. Bajó las escaleras con un paso lento y arrastrado, recorriendo con la mirada cada grieta en la pared, cada escritura infantil en el pasamanos de hierro corroído por el tiempo. Uno, dos y tres pisos, y todo seguía igual, como la última vez que entró en el edificio con un papel en la mano y una impotencia que le reventaba las venas.


Se despidió del aire del hogar. El poder ilógico y renovador de su casa quedó atrás, los trastos y muebles suspendidos en su memoria, junto a las razones cruzadas de su destino. Este sufrimiento, que se multiplica en su interior, reaviva los recuerdos de un pasado de excesos y frustraciones disfrazadas. Nada ha cambiado. En la ciudad, los niños juegan al balón, los carros ruedan sin parar, y él sigue sin poder erradicar el odio que lo consume.


Descubrir esta monotonía le atormenta el corazón. Con paso temeroso, cruzó la avenida corriendo hasta llegar al edificio donde, años atrás, su vida se llenó de felicidad: el hospital donde nació su hija. Deambula por la ciudad como en una alucinación plácida. Flota. El ritmo acelerado de su respiración es lo único que escucha.


La incertidumbre invade su mente. Se abre paso entre la multitud con prisa para cruzar la calle. Su corazón atropellado trata de regular un ritmo que se acelera con cada pensamiento precipitado. Al llegar al hospital, se detiene un instante. Sabe que todo su futuro depende del resultado de ese examen. Las manos le sudan. Decide entrar. Su parsimonia expresa una sofocación interna abrumadora.


El mundo avanza en cámara lenta. El fuego del placer se extingue en sus recuerdos y el cambio se presiente entre sus dedos. La sospecha está a punto de disiparse, pero el blanco del papel se confunde con la palidez de su rostro y un temblor incontrolable le dificulta abrir el sobre. Lo rasga por los bordes. Dentro, un documento doblado en tres. Una cascada de nostalgias le ahoga la garganta. Cierra los ojos antes de mirar la letra pequeña, las cifras que no logra entender. Pero allí está.


Positivo.


Las luces del futuro se apagan en ese instante.


Un frío enorme le recorre el cuerpo. Las ideas se aclaran en su mente y comienza a sentir tranquilidad, confianza en sí mismo, una certeza irrefutable. Camina con paso seguro. Decidido. Se dirige al ascensor y espera que sus puertas se abran, como si este lo hubiera estado aguardando. Por fin se abren. Nada puede perturbar su silencio interior. Un silencio que ya se presiente como eterno. La decisión está tomada.


Entra. Piso 16, dice pausadamente. Su tranquilidad se fortalece. Todo sucedió tal como tantas veces lo imaginó y, al no poder alterar su suerte, resuelve enfrentar a sus demonios. El sonido del ascensor retumba en el vacío de su alma. Siente que sus compañeros de viaje lo observan, adivinando en sus ojos una inmensa felicidad. La felicidad del último momento.


El limbo se abre ante sus ojos. Piso 16. La hora del almuerzo se percibe en el ir y venir de los alimentos rodantes. El pasillo que conduce a la terraza está despejado. Camina entre las nubes. Se dirige al mirador, con la firme intención de acabar con ese enemigo silencioso que lo condena a un final mucho más amargo. Ni los olores revueltos de malestares y comida lo alcanzan.


Al fin.


El viento le golpea el rostro. Un frío desgarrador lo invade. Se acerca al borde de la azotea.


Parado allí, siente que sus sentimientos se subliman. Nada lo detiene. Las nubes lo envuelven y se siente libre. Vuela arrojándose dieciséis años atrás, cuando aún no lo habitaba este desprecio. Los acontecimientos de su vida desfilan en cámara lenta.


Positivo es su última imagen.


Cuando cae, lo hace sonriendo. En contravía de un tráfico intenso. Estorbando en un lugar que parecía suyo.

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