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El olor del amor

  • Foto del escritor: Luza Ruiz
    Luza Ruiz
  • 5 feb
  • 3 Min. de lectura

El día de su boda, Julita despertó con un dolor punzante en el estómago. Antes de que pudiera incorporarse, su madre entró al cuarto para recordarle el cronograma. Eran las seis de la mañana y la ceremonia sería a las diez. Se levantó con parsimonia y entró al baño. También le dolía el pecho.


Desde la cocina, Lorenza gritó si quería huevos para desayunar. Julita respondió que no. Sintió náuseas. Dejó correr el agua de la ducha con la esperanza de que la fuerza del chorro le lavara hasta el alma.


Más tarde, mientras bebía café, las señoras del peinado y el maquillaje parloteaban a su alrededor. Lorenza entró para dar las últimas instrucciones y salió enumerando los pendientes en la iglesia. Julita cerró los ojos cuando Celia y Tulia comenzaron a trabajar en su cabello. Su larga melena negra se enroscó en una moña fina, adornada con pequeñas rosas blancas.


Una brisa ligera la envolvió y, por un instante, se encontró de nuevo en aquellas tardes junto a su padre en el río Magdalena. El aroma a madera impregnaba sus manos. Era lo único que le quedaba de él.


Exactamente un año atrás, estaba sentada en ese mismo patio. Cumplía veinticuatro años y, en la misma silla donde ahora peinaban su cabello, Celia y Tulia le acomodaban las trenzas. También era el día de su compromiso. Ambrosio, su padrastro, le había regalado una escultura de madera: dos pájaros con las alas abiertas, fundidos en un abrazo. Ella desconocía ese pasatiempo suyo. De hecho, se dio cuenta de que sabía muy poco sobre él. En ese momento, fue como si lo viera por primera vez.


Regresó a su cuarto para vestirse. Celia iba detrás, ayudándola con las enaguas y el encaje. Le prestó unos aretes para que los usara ese día. "Algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo azul", murmuró, como quien sigue un conjuro. Lorenza había dejado el vestido y los accesorios ordenados sobre la cama. Todo estaba impecable.

Tulia entró y vio la escultura sobre el tocador.


—Es hermoso —dijo—. Parecen abrazarse.


Julita la miró. Nunca había pensado en ello. Se puso de pie de golpe. Se dirigió al baño. Vomitó. Se arrodilló en el suelo, mareada.


Celia tocó la puerta.


—¿Todo bien?


Julita no respondió. Lorenza ya había salido rumbo a la iglesia. Solo quedaba vestirse y partir. Ambrosio la esperaba para llevarla.


Respiró hondo y salió del baño. Las damas de honor entendieron en silencio. La ayudaron a colocarse el vestido, retocaron su maquillaje y le pusieron la cadenita de oro que su padre le había dado al nacer. Antes de salir, se miró en el espejo. Eran las nueve de la mañana. Echó un último vistazo a los pájaros de madera y cruzó la puerta.


Sintió náuseas otra vez.


Afuera, Ambrosio la esperaba junto a un elegante coche, como en un cuento de hadas. Julita sintió culpa. Todo parecía perfecto. Él le tendió la mano para ayudarla a subir. Sus miradas se encontraron y se sostuvieron en un instante suspendido. Por primera vez en toda la mañana, Julita sintió alivio.


Subió al auto. Ambrosio cerró la puerta. Un silencio largo se instaló entre ellos. Cuando intentaron hablar, lo hicieron al mismo tiempo. Sonrieron.


—Empieza tú —pidió ella.


Ambrosio la miró por el retrovisor.


—Estás hermosa.


Los ojos de Julita se iluminaron. Sus labios dibujaron una tenue sonrisa.

Mientras tanto, en la iglesia, la suegra y el novio esperaban. Eran las diez. En el atrio, los curiosos murmuraban sobre los detalles de la fiesta. Dentro, los invitados—gente poderosa y adinerada de la región—permanecían sentados, soportando el calor sofocante.


El rumor común era que Lorenza parecía una gallina culeca, como si la del matrimonio fuera ella. Caminaba de un lado a otro, con el sudor escurriendo por su espalda y el maquillaje diluyéndose con la espera.


Eran las diez y media.


Pero Julita y Ambrosio no estaban lejos.


Él había desviado el camino. Ella lo notó, pero no dijo nada. Solo observó, embelesada.


El auto se detuvo frente al río Magdalena, en el malecón donde su padre la llevaba de niña. Su corazón latía más lento. Ambrosio bajó y le abrió la puerta.

Julita quiso preguntarle cómo sabía de ese lugar. ¿La habría visto escapar allí algunas tardes? Pero no dijo nada. Las náuseas habían desaparecido.


Pensó en los pájaros de madera. En sus alas extendidas. En la forma en que se miraban.


Tomó la mano de Ambrosio y descendió del coche. Se sentaron en una banca. Contemplaron el río, huyéndole al encuentro de sus ojos.


Voltearon al mismo tiempo. Se descubrieron.


Ahí estaba esa misma contemplación. La misma de los pájaros.


Se abrazaron y ella pudo sentirlo.


Ahí estaba. Podía tocarlo.


Ese dulce y delicioso olor a madera.


Así es que se siente el amor.


Regresaron al coche y, con un tierno beso, emprendieron un nuevo camino.

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