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Amor, navajas y muerte

  • Foto del escritor: Luza Ruiz
    Luza Ruiz
  • 7 feb
  • 11 Min. de lectura

Sintió la muerte como un calor frío y seco. Todo pasó tan rápido. Mientras su cuerpo se iba desaguando, sintió ese olor a vainilla. Vio titilar el brillo de esos ojos verdes que guardaba en su mente como un tesoro. Ella sabía quién era, sabía que él era Pedro, ese al que le apodaban Navajas. Pero él no tenía idea.


—¿Josefina? —le dijo mientras la sangre caliente de ambos se unía en un solo charco.


Pedro se derrumbó en la acera y ella cayó encima de él. La mirada de ella asintió.

Devolvió la película diez años. La conoció en un baile de barrio, de esos donde la música es lenta, se bailaba poco y se apagaban las luces. Muchas parejas de adolescentes se abrazaban y se besaban en la oscuridad. Lo primero que le gustó fue ese olor a vainilla. Josefina era la prima de Sandra, la anfitriona de la fiesta que cumplía 15 años.


Cuando se lo presentaron y bailó la primera vez con él, no le gustó. Para Jose, como le decían sus amigas del cole, ese muchacho era muy presumido. Era lindo, eso sí. Tenía dos años más que ella, era alto, de ojos grandes, con unas pestañas que las quisiera cualquier mujer. Su mirada de color miel era dulce y profunda. Pero tenía cierta agresividad que, aunque le parecía repulsiva, también le atraía. Le faltaba tacto con las chicas. Todas hablaban mal de él. Muchas se habían arriesgado a ser sus novias, pero no duraban mucho tiempo.


Durante ese primer baile no le dijo nada. Pedro era malo con las palabras. Cada vez que intentaba usarlas, terminaba embarrándola. Ese día, contrario a lo que siempre hacía, no dijo nada. Cuando terminó la canción, tomó a Josefina de las dos manos, la miró fijamente y le sonrió con esos dientes grandes y blancos. Una expresión profunda y sincera. Ese gesto fue suficiente.


Josefina salió del salón. Quería respirar. Se sentía sofocada. Le sudaban las manos. Su mente había quedado en blanco. Ya casi era la medianoche, su madre pasaría por ella en treinta minutos. Quería repetir ese momento. Sentada en unas escalas, vio cómo Pedro salía con otros dos muchachos que no conocía. Cruzaron las miradas y él sonrió.


Pasaron solo unos minutos cuando llegaron por Josefina. Se subió al carro esperando que Pedro volviera. Recordó lo que sintió cuando terminó la canción. Sus manos entre las de él y el brillo de su sonrisa. Fue el último pensamiento antes de dormir y el primero al despertar. Quería saber todo de él, quería conquistarlo.


Nunca había sido especialmente cercana a su prima Sandra. ¿Cómo iba a hacer para volver a ver a Pedro? Llamó para saber cómo terminó la fiesta. Su madre era bastante celosa con ella y tenía muchas prevenciones con la familia de su padre. Eran unos degenerados que solo pensaban en fiesta, decía con frecuencia. Gustavo, el papá de Josefina, seguía de fiesta en la casa de la tía Concha. Iban a hacer un sancocho para que la niña destapara los regalos y seguir la rumba.


Josefina le rogó a su madre que la llevara. Ella la llevó a regañadientes y la dejó en la esquina. No quería ni ver a ese hombre que ya ni sabía qué era de ella, lo sentía como un extraño. Marta llevaba varios años molesta, quería huir, no sabía cómo, tenía miedo. Cuando Josefina llegó a la casa de la tía, parecía un primero de enero. Borrachos en la calle abrazados, otros dormidos. Sandra, en pijama, con los ojos negros del maquillaje, recibió feliz a su prima y la llevó a su cuarto.


—¿Hasta qué hora te vas a quedar? Mis amigos vienen más tarde. Haremos una fritanga para chismosear y mostrar mis regalos.


—Todavía no sé, mi mamá dijo que vendría por mí, pero no dijo la hora.


Josefina se sentía extraña, no se había dado cuenta de que su prima era tan especial. Tal vez siempre vio a la familia Wilson con el mismo recelo que su madre. No le gustaba ni conversar con ellos, le daba fastidio la comida. En esa casa no había un día en que se viviera sin licor y ella odiaba a los borrachos. Cuando Martha se casó con Gustavo eran una de las familias más prestantes de la ciudad, pero siempre muy fiesteros.


Pero ese día, Josefina se sintió diferente: solo quería volver a ver a Pedro. Intentó ser amable con Sandra, y hasta le pareció divertido. La acompañó a destapar los regalos: pijamas, agendas, perfumes, cremas de manos, lociones para baño, medias, camisas, vestidos de baño y dinero. Nunca había visto tantos regalos juntos. Cuando terminaron, Sandra le pidió ayuda para organizarlos en unos cajones vacíos de su armario, mientras ella se bañaba.


Al salir del baño, se peinaron juntas para salir a almorzar. La mamá de Sandra les había preparado algo especial porque ellas no comían sancocho: papas con salchichas y huevos de codorniz con salsas. Josefina no supo cómo describir la combinación de esos sabores en su boca, pero le gustó. Su madre siempre le había prohibido las gaseosas y la comida chatarra, diciéndole que algún día su salud le pasaría factura. Pero ese día todo sabía delicioso.


—Cuando terminemos, vamos a la calle —dijo Sandra, con la boca llena de papitas.

Los ojos de Josefina brillaron, igual que el dije de piedra blanca que llevaba en su cadena desde niña. Al terminar de comer, Sandra la tomó de la mano y salieron en dirección al norte, para dar la vuelta a la manzana. A mitad de cuadra, justo detrás de la casa de Sandra, encontraron a dos chicas y dos chicos que habían estado en la fiesta. Estaban alrededor de una fogata, en el lugar donde se suponía que harían la fritanga.


Josefina se sorprendió. La mamá de Sandra no era como la suya. Se le fue el tiempo entre risas y conversaciones, hasta que la tarde empezó a caer. Miró el reloj justo cuando, en la esquina, apareció el chico que había estado esperando. Pedro venía riéndose con alguien que le hacía señas desde un balcón. Al llegar, sonreía, pero se veía más tímido que el día anterior. Sus miradas se cruzaron.


Josefina estaba sentada en la primera escala del lugar donde todos se reunían. Pedro se paró frente a ella y, en medio de las risas provocadas por un chiste de Carlos, que siempre hacía chistes, se inclinó y le preguntó cómo le había ido la noche anterior. Josefina sintió su corazón latiendo con fuerza. Ya era de noche, los ojos de ambos brillaban igual que la piedra de su collar.


Entonces, el carro de Marta se detuvo frente a la fogata.


—¡Josefina, nos vamos! —gritó su madre, abriendo la puerta del pasajero.

Pedro la miró mientras se subía al carro, y sus ojos se cruzaron por última vez en una sonrisa amplia y luminosa. Marta estaba furiosa. En el camino, le dijo que no volvería a dejarla ir a casa de su prima. Pero su enojo no era solo por eso. Estaba molesta, triste y desilusionada como nunca antes. No era solo con Josefina, sino con Gustavo, con la vida, con ella misma. Parecía vivir una existencia que no quería.


—No quiero que cometas los mismos errores —le repetía—. Me siento atrapada, y tu padre es un irresponsable.


Estaba furiosa porque Gustavo había llegado borracho y se había quedado dormido, sin siquiera saber dónde estaba su hija.


Mientras su madre hablaba, Josefina pensaba en cómo volver a ver a Pedro. En realidad, habían intercambiado pocas palabras, pero la conexión entre ellos era profunda, intensa. Sabía que él sería importante en su vida, pero no tenía idea de cómo lograría verlo todos los días.


La convivencia entre Gustavo y Marta se volvió insoportable. Las discusiones aumentaron, el ambiente en casa se llenó de gritos, peleas, silencios tensos. Gustavo encontraba refugio en el licor y, cuando bebía, se ponía agresivo. Marta enfermó.


Josefina, en cambio, descubrió que ser invisible para sus padres tenía sus ventajas. Empezó a inventar pequeñas mentiras para escapar: tareas, proyectos, reuniones del colegio, encuentros con grupos artísticos. Todo era una excusa para irse a casa de Sandra. Con el tiempo, ya ni siquiera necesitó justificar sus salidas. Bastaba con saltar la reja que rodeaba su casa y volver cuando sus padres ya estaban dormidos.


Los amigos de Sandra se convirtieron en sus amigos. Disfrutaba las tardes y las primeras horas de la noche entre bromas y juegos. Se reían de un profesor que tenían en común, un hombre delgado que se dormía en clase. Enseñaba álgebra, era estricto con los chicos y demasiado amable con las niñas. Decían que tenía problemas con la bebida.


Una tarde, mientras caminaban de regreso a casa, Josefina le confesó a Sandra:


—Creo que estoy enamorada de Pedro.


Sandra la miró con una mezcla de emoción y preocupación.


—¿Sí? Ay, prima… ¿y qué vas a hacer? Ya sabes la historia de él con las niñas que han sido sus novias.


Pedro era físicamente muy atractivo, pero tenía algo inquietante. No podía quedarse mucho tiempo en un solo lugar. Siempre estaba en movimiento, recorriendo el barrio en su moto, yendo y viniendo sin rumbo aparente. Algunos decían que era porque, cuando tenía seis años, vio morir a su padre frente a la iglesia. Iban de la mano cuando le dispararon. Cuando su padre cayó al suelo, su mano se aferró con tanta fuerza a la de Pedro que solo lograron separarlos cuando la Fiscalía llegó a hacer el levantamiento del cuerpo.


Él nunca hablaba de eso con nadie. Con nadie… excepto con Josefina.


Entre ellos, la conexión era diferente. Se miraban y reían más de lo que hablaban. Pedro la buscaba solo para verla, para compartir silencios. Se sentía bien con ella.

Una tarde de junio, antes de las vacaciones, Josefina le mostró una agenda que usaba para escribir poemas y dibujar. Pedro la hojeó con curiosidad, hasta que, de repente, se la arrebató con una sonrisa traviesa, la escondió y, con un gesto de desafío, arrancó en su moto.


—¡Ven acá, devuélvemela! —gritó Josefina, corriendo tras él.


Al principio, se molestó, pero cuando saltó la reja de su casa esa noche, pensó que, de alguna forma, era hermoso que Pedro tuviera algo suyo. Era como si él se llevara una parte de ella.


Al día siguiente, Pedro le hizo una propuesta:

—Si quieres que te la devuelva, tienes que darme un beso.


Esa agenda se convirtió en su medio de comunicación. Josefina aceptó el trato y, una tarde, después del colegio, se dieron un beso en un callejón cercano. Fue un beso dulce, tierno, en el que el mundo pareció detenerse. Al fin, Pedro le devolvió la agenda.


Cuando Josefina llegó a casa, la abrió en la fecha de ese día. En su letra, Pedro había escrito su nombre con unas letras extrañas y, debajo, dos palabras: Te quiero.


Después de ese primer beso, la necesidad de estar juntos creció. Ahora buscaban escapar a lugares donde pudieran besarse sin interrupciones, contemplarse, descubrirse. Como la primera vez que bailaron, Josefina se embriagaba con el aroma a vainilla de su piel. Cada tarde lo encontraba, lo tocaba, lo exploraba. Así se sentía el amor.


La relación entre Gustavo y Marta, en cambio, se fue enfriando hasta volverse insostenible. Marta se instaló en la habitación del segundo piso, pasaba el día viendo televisión. Gustavo se encerró en el tercero. No se hablaban, no se miraban.

Josefina aprovechó ese letargo para vivir intensamente.


La casa de Pedro quedaba vacía durante el día, así que los chicos la convirtieron en su centro de operaciones. Se reunían allí cada tarde: jugaban con agua, veían telenovelas, hacían batallas de videojuegos. Y entre todos, Josefina y Pedro se escabullían en las habitaciones para estar solos.


La diversión se prolongó por más de seis meses. Pero, antes de que terminara el año, en noviembre, después de salir de vacaciones del colegio, Josefina despertó sintiéndose extraña. Entró al baño con un mareo persistente, el estómago revuelto. Se arrodilló junto al inodoro y vomitó.


Marta, al escuchar los ruidos, tocó la puerta.


—¿Estás bien?


Josefina guardó silencio. Salió del baño, respiró profundo, pero las náuseas la golpearon de nuevo. Volvió corriendo y vomitó otra vez.


Por primera vez en un año, Marta realmente la vio. Ya no era una niña. Sus ojos habían perdido el brillo de antes. Algo en ella había cambiado.


Sospechó lo peor, pero no dijo nada.


—Seguro fue tanto dulce del día anterior —murmuró, más para sí misma que para Josefina.


Sin embargo, la duda se instaló como un eco del pasado. Su mente la arrastró a aquella época en la que, con casi la misma edad de su hija, quedó embarazada. Su padre la obligó a casarse con Gustavo, el hijo mayor de los Wilson, una familia de comerciantes influyentes. No había tenido opción.


Durante tres días, Josefina despertó cada mañana directo al baño. Marta no pudo esperar más. La llevó a su ginecólogo.


—Cuéntanos, Josefina. ¿Crees que podrías estar embarazada? —preguntó la doctora cuando tomaron asiento.


Josefina no respondió. Se quedó muda.


Las preguntas siguieron. Quién, cómo, hasta dónde había llegado. Pero ella solo bajaba la cabeza. Ante el silencio, le tomaron una muestra de sangre.


Horas después, la doctora regresó con los resultados.


—Es positivo.


A Marta se le heló el cuerpo. Un mes, más o menos. Era como si la historia se repitiera con precisión cruel.


Para Josefina, el mundo se detuvo. Veía a su madre y a la doctora moverse en cámara lenta. De repente, todo cobraba sentido: el sueño constante, el cansancio, las náuseas matutinas. Y, a pesar de todo, en el fondo sintió algo parecido a la felicidad. Estaba embarazada de Pedro. Él era la única persona que la hacía sentir importante.


Pero Marta no lo permitió. Le cerró todos los caminos hacia él. Sin embargo, Josefina y Pedro encontraron un modo: escondían una libreta detrás de un ladrillo suelto bajo las escaleras de la casa.


El 1 de diciembre, Josefina escribió: 


«Estoy embarazada. Mi mamá no me deja salir. Me dice que no quiere que repita su historia. Mis padres se están separando. No sé con quién me iré. Ella quiere obligarme a hacer cosas horribles». 


Al día siguiente, Pedro respondió:


«Eres lo único cierto que he tenido en mi vida. No quiero perderte. Si te pierdo, todo terminará para mí».


Fue la última nota que Josefina recibió. La última vez que pudo sentir su olor en las páginas de aquel cuaderno.


Marta la sacó de la ciudad. La llevó a una clínica.


Josefina no tuvo opción. Se sintió devastada. Cuando todo terminó, comenzó la guerra de sus padres en un divorcio largo y cruel. Le dieron la custodia a su madre, pero Josefina eligió quedarse con su padre. No quería seguir viviendo con la mujer que le había arrebatado lo único que había significado amor en su vida. Nunca entendió por qué Marta insistía en que no repitiera su historia.


Después de aquello, Josefina se lanzó de cabeza a los excesos. Primero el alcohol. Luego las drogas. Y, finalmente, la calle. Se convirtió en la sombra de sí misma, acostándose con cualquiera que se le cruzara, hasta terminar trabajando en las cuadras donde las chicas prepago esperaban clientes.


Mientras tanto, Pedro se perdió en su propia locura. Entró en una banda de ladrones de autos y motos. Se convirtió en una leyenda. Nadie peleaba como él. Nadie manejaba la navaja con la misma destreza. Así ganó su apodo. Así se convirtió en el hombre que usaba un abrigo largo y una hoja afilada para abrirse paso en el mundo.


El tiempo y la vida los habían llevado por caminos distintos, pero el destino, caprichoso y cruel, los hizo encontrarse una última vez en aquella calle oscura donde todo comenzó. Sus miradas se cruzaron con la misma intensidad de antes, un destello de lo que alguna vez fueron. Pedro sintió el olor a vainilla que tanto había amado, Josefina reconoció el calor de su piel en el roce fugaz de sus cuerpos. Por un instante, fueron los mismos jóvenes que se habían prometido amor eterno, pero la vida ya no les pertenecía. 


Ninguno de los dos se imaginó que moriría en manos del amor de su vida, que volverían a sentir el brillo de sus miradas, el olor a vainilla, el calor de la piel. Y ahí estaba también la cadena con el dije de Josefina, brillando en la oscuridad, lo único que resplandecía mientras sus cuerpos se enfriaban y la sangre terminaba de esparcirse en el piso.


Josefina no tembló cuando vio a Pedro tambalearse frente a ella. La noche entera parecía haberse detenido en el filo del cuchillo que aún sostenía en su mano.

Pedro llevó una mano al vientre y la miró, incrédulo. No dijo nada. El brillo dorado de su diente relampagueó en la penumbra cuando intentó sonreír, pero la mueca se le torció antes de completarse.


Pedro y Josefina, marcados por el abandono y el desencanto, siempre habían encontrado en esas esquinas un refugio, aunque fuera en la sombra de sus propias cicatrices. Se miraron como si el tiempo no hubiera pasado, como si aún fueran aquellos adolescentes que escribían notas en una agenda escondida. La calle, siempre indiferente, siguió su curso. Una sirena lejana se tragó el silencio, pero nadie vino. Pedro se inclinó contra la pared, resbaló, y cayó pesadamente sobre el empedrado húmedo.


Josefina se quedó allí, respirando hondo, sintiendo la sangre caliente que resbalaba por sus dedos. Sabía que no tardarían en encontrarlo. Sabía que su historia apenas empezaba.


Soltó el cuchillo con calma y, antes de perderse entre las sombras, susurró para sí misma: «La vida te da sorpresas...».


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